A solas

 

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Tú me enseñaste a vagar por la ciudad a solas,
a temblar de miedo.
Tú me enseñaste a beber a solas,
a descubrir el consuelo en la destrucción del tiempo.
Tú me enseñaste a sentir el palpitar de los ríos helados bajo tu piel dormida.
Tú me enseñaste a buscar el placer a solas,
a imaginar tus manos en mi tortura.
Tú me enseñaste a sobrevivir a solas,
a encontrar peces de hambre en la oscuridad de tus pupilas.
Tú me enseñaste a olvidar lo que desgastan las olas,
lo que los años no perdonan,
lo que ninguna cárcel ha logrado…
Tú me enseñaste a estar contigo
a solas.

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Tutopía

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Estás en ese raro sabor a estaño,

en la descomposición del alimento,

en el tabaco que sabe a paladar mordido.

Estás en la piel hecha jirones de mis labios,

en las escamas de mis palabras vacías,

estás en las fotos desnudas,

en la penumbra de la intimidad arrebatada,

en la no vida que albergó mi entrepierna,

en el asfalto,

en el charco,

en la piedra,

en el bolsillo,

en la memoria,

en la llave.

 

Estás en la luz en movimiento.

La entrevista

#historiasdesuperación

 

zenda cancer 2

 

 

Cuando Marta asimiló las palabras que aquel médico, prematuramente envejecido, había soltado de su torcida boca en cuyas comisuras temblaban, blancas y espumosas, dos boqueras que llevaban produciéndole arcadas desde hacía más de veinte minutos, no se le ocurrió otra cosa mejor que hacer que ponerse de pie, coger la gabardina roja del perchero y con un amable “Ya le llamaré un día de estos” abandonar la claustrofóbica sala del hospital ante la atónita mirada del médico. Salió a la calle helada, cayó en la cuenta de que se había dejado la bufanda arriba, y mientras se tapaba el escote con una de las solapas de la gabardina intentaba, en vano, ahuyentar aquellas imágenes que le galopaban por la mente: ella no sería una amazona.

 

Antes de que le diera tiempo a introducir la llave en la ranura, su madre le abrió la puerta. Doña Rosa era una señora de curvas generosas e ideas claras que vivía en el respetable barrio de Los Remedios con la menor de sus hijas, que acababa de licenciarse en Ciencias Políticas. Doña Rosa reprimió el chillido solo porque le importaba más lo que podrían decir sus vecinos que el aspecto que traía sus hija. La lisa y roja melena, algo despeinada, caía tapándole media cara, mientras en la otra media los rastros del corrido rímel evidenciaban un llanto mal disimulado. El enorme bolso negro colgaba de una sola asa del brazo izquierdo mientras con el derecho buscaba algo en su interior. El cinturón de la gabardina colgaba rozando el suelo y, a un lado del felpudo estaban los vertiginosos y negros zapatos de tacón. Rosa echó un vistazo al desolado rellano antes de meter de un tirón a su hija en la casa. Los zapatos se quedaron firmes y altivos junto al manchado felpudo.

 

Marta no estaba para entrevistas pero pensó que era mejor ir que seguir inventándose peleas con Marcos que su madre, a todas luces, no acababa de creerse. Se metió en el baño. Su madre dio comienzo a la paranoia de las manzanillas y los mentas poleo. Marta se quitó con nervio la blusa de seda gris y el sujetador de encaje, se sacó como pudo del apretado vaquero su iPhone dorado y se apuntó con él en el espejo, intentando enfocar el pecho izquierdo. Le temblaban las manos, las lágrimas ennegrecidas por el rímel le recorrían el cuello. Disparó una ráfaga con la mano temblorosa. Le vinieron a la mente aquellas fotos que los victorianos les hacían a los muertos.

 

La entrevista era a primera hora de la tarde. Un señor obeso, de espeso mostacho, embutido en un ordinario traje azul de paño barato le recorrió con sus ojos ahumados –de forma ascendente– el cuerpo. Se paró en el escote. “Me puedo sentar o prefiere que me dé una vuelta?” Marta no estaba para escrutinios, si perdía el empleo le daba igual, como si esa fuese la mayor pérdida que le había deparado el día, pensó. Fue contestando de forma automática a las preguntas, la mayoría con monosílabos, otras enarcando las cejas o frunciendo los labios. Aquel tipo no paraba de repasarle la clavícula y el canalillo; tocía, se relamía, se frotaba las manos contra las rodillas, miraba con ojillos brillantes la vacía taza de café que debía llevar sobre aquella mesa como mínimo seis horas.

 

A esas altura a Marta ya le comenzaba a dar igual. Recordó cómo de adolescente primero se reían de ella por el generoso tamaño de sus pechos ocultos por las rebecas que no se quitaba ni en agosto. Luego vinieron los ligues, las envidias por parte de las que consideraba sus mejores amigas, el orgullo como respuesta a la rivalidad que enseguida comenzó a malinterpretarse. Recordó con rabia la necesidad de tener que demostrar dos veces sus conocimientos ante el bochornoso efecto que su belleza producía en compañeros y docentes. El recuerdo del primer polvo la asaltó como una punzada; no fue del todo desagradable, en los vestuarios con aquel profesor, algo mayor para ella, de educación física. En el lugar del rostro obeso del entrevistador se le apareció la cara angulosa de aquel hombre al que ya comenzaban a salirle canas, excesivamente alto y de exagerada musculatura, recostado sobre ella en los bancos de vestuario, haciéndole círculos sobre la aureola del pecho izquierdo con un dedo húmedo de lo que al principio ella creyó saliva y luego supo lágrimas. Pensó en las manos de Marcos apretándola con fuerza, en los sujetadores con relleno, en las amazonas tensando el arco y la cara del gordo –que había reaparecido entre las brumas del primer amor– como diana.

 

Pensó en los hijos a los que negaría la mitad del alimento… ¿Pero qué hijos? ¿En qué estaba pensando? ¿Qué gilipollez era esa? A tomar por culo el gordo, la entrevista, la frustración de Marcos, su madres y los hijos. Siempre le quedaría el otro pecho como modelo y la cirugía estética como último recurso.

Mañana

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Mañana bajarás los escalones

de esta casa que nos vio un día

besarnos con temor entre sus sombras,

siempre borrachos como dos cretinos,

sedientos de alcohol y otros placeres

que durante esas noches la ciudad

siempre se negó a darnos.

 

Mañana subirás las escaleras,

con otra luz, sintiéndote cansado,

en una ciudad gris como mis ojos.

Verás otra mirada que te llueva

el mismo temor y las mismas ganas,

y un dolor fugaz y gemelo al mío

te arrastrará a otras partes.

 

Mañana estarás quieto en mis rodillas,

sin verme, intentando recordar cómo me llamo.

Kintsugi

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Dicen que en mil cuatrocientos cincuenta,

Ashikaga Yoshimasa envió dos

de sus tazones de té favoritos

para reparar con oro el despiste.

 

No sé si es posible retroceder

más de quinientos sesenta y seis años

y reparar con plata, oro o platino

el beso del objeto más preciado

en el hielo marmóreo del capricho.

 

Y sin embargo, muchas veces pienso:

solo el dolor que atrapa la belleza

nos hace recordar que es milagroso

el ciclo del perdón y lo divino.

 

Solo los ríos de bondad unen la tierra.

El Nena

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Nunca me he comportado mal. He sido el nene de mamá. Un puto niño mimado.
Nunca se comportó mal. Fue un nene de mamá. Un puto mimado.
Nunca salí de casa después del mediodía. Recordaba mis juguetes con nostalgia cuando llegaba esa hora. Aquel día, no sé por qué, decidí abandonarlos.
Nunca salía de casa antes de la medianoche. Recordaba sus juegos con nostalgia cuando llegaba la hora. Aquel día que decidió abandonarnos nadie supo el motivo.
Todos me decían el nene, por lo tímido que era y por lo bueno que era. Era el niño de mamá. El niño de Ana Rosi. En realidad Ana Rosi era papá y mamá.
Todos le decían El Nena, por lo tímido que era y por lo bien que se le daba hacerse la puta. Era el niño de la mami. El niño de Ana Rosi. En realidad mami y papi, como él decía, mama y pipi… mama y mama.
Me pegaron en el parque. Me propinaron una buena tunda de patadas. Me metieron una navaja en la boca, obligándome a morderla… No solo me metieron la navaja… Y no solo en la boca…
Le pegaron en el parque. Le dieron una paliza monumental. Estuvo un mes ingresado. Le metieron una navaja en la boca, obligándole a morderla, y luego le dislocaron la mandíbula de un puñetazo. La verdad es que no solo le metieron la navaja. Y no solo se la metieron en la boca, con la mandíbula dislocada. 

Eran amigos de Jordi, dijeron que nos pagarían bien, que no nos harían daño. Eran muy guapos y fuertes. Todavía guardo en mi memoria el rugido de sus motos y el brillo de sus pantalones de cuero. Siempre me han fascinado esas cosas.
Eran unos macarras que el muy marica del Jordi había convencido en el parque. El trato se cerró por unas míseras pelas, casi una limosna por el vicio. Eran unos desgraciados borrachos, en dos destartaladas motos y con pantalones raídos y sucios.
Parecían tiernos. El más joven no dejaba de susurrarme cosas al oído. Poemas de Gloria Fuertes, creo.

Eran unos yonquis curiosos. Solo querían follar, si es que eso se puede llamar así. El Mari comenzó a escupir sus apestosas palabras en el oído del Nena. Jordi nos contó, y mira que ese había oído todo tipo de cosas, que nunca le había dado tanto asco un tío, y eso que estaba bastante bueno.
Deslizó su mano suave por mi espalda, me acarició el pompis. Me besó. Fue un beso apasionado. Nadie me había besado así.
Le arrancó la camisa de un tirón y le propinó un golpe haciéndole sangrar. El Nena se chupó el labio, cosa que pareció excitar al otro. Se sacó su, según el Jordi, mísera cosita y le meó en la cara, luego se arrodilló e hizo el gesto más tierno de la noche: el beso que dio paso al acero.
Sentí como me poseía. Nunca me habían hecho sentir tan bien. Sentí orgullo por esa cosa tan grande que ahora me llenaba. Lo olvidé todo recostado en la grupa inmensa de la moto. Era un bienestar absoluto. Era el paraíso… De pronto el placer me cegó, hizo que me ardieran los ojos y luego aquel último beso que me quemó la mandíbula: mi primer beso de verdad.
Empezaron a pegarle mientras el Jordi huía. Le destrozaron la cara y las costillas después de ejecutar la escena de la navaja. Lo encontramos unas horas después, mientras murmuraba un nombre, con cara de ángel asesinado.

La quietud agitada

 

rothko

 

A Salvador J-D.

 

 

Tenías esa luz que alivia

concedida solo a los dioses,

algo de casa deshabitada, de memoria.

Tu sonrisa sacudía los cristales.

Tu trazo discreto escondido en la cuadrícula

dejaba un temblor en la palabra,

un cruce de alegría infantil y de desastre

llenaba cada cosa que tocabas.

 

Yo me salvé escribiéndote estos versos,

quietud callada, agitada:

letra e imagen.