Valverde 43

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Me duele de esperarte el balcón y los ojos;

pero tú estás más lejos cada día.

Antonio Gala

 

Insististe en correr bajo la lluvia

después de la hamburguesa,

el brownie y los gin-tonics.

Fuencarral ofrecía sus portales

ante el fugaz clamor

–entre gritos y besos–

de los desnudos viandantes.

Yo te seguía torpe, como siempre,

sin atrapar la luz de tus pupilas

que era algo así como el instante

en el que las cosas cobran sentido.

Ya sabes que era julio

y que llovía como ahora llueve.

Yo había cumplido los veinticinco

y pensaba que lo tenía todo.

Quedamos atrapados en Montera

entre un Carrefour Exprés y el gris

reproche de las putas.

Yo le lancé una súplica azul

–para que te quedaras–

al ídolo marfil de Telefónica

que dejaba caer

su sombra dividida en cristales

sobre el balcón cansado de Valverde.

 

Ahora nos separan vacaciones,

océanos, hermanos,

clases, obras y la fidelidad

que nos juramos a nosotros mismos,

la lluvia de julio

y la lluvia de ahora.

Prometes escribirme cuando llegues.

Yo te prometo no matar las plantas.

Tú: que Nueva York sí que es una fiesta.

Yo: sí, sí, la novela sigue en marcha.

Pero mentiría si te dijera

que no bajo Valverde

con la misma súplica:

que te quedes conmigo para quitarme el miedo,

que ocurra algo para que no te vayas,

que tu voz levante de este suelo

el cuerpo que le duele a la baranda

del número cuarenta y tres al veinte.

 

Yo sigo en este Baden-Baden gris

de obras y turistas

–partida la Gran Vía en pedazos–,

pensándote en la fiel lluvia de Borges

sabiendo que no cambia nada en esta calle.

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Situación Violenta

 

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¿Recuerdas aquel agosto en Salamanca?,

¿los macarrones blandos bajo el estupor de las resacas

y la ambigüedad nocturna del Kandhavia

que nos convertía en las más putas de la noche?

¿Recuerdas a tu compañera gorda y borracha

con su mirada atónita y su voz hollywoodiense?

Ya sé que lo recuerdas todo,

que tu cama conserva aún nuestros olores.

Ya sé que la infidelidad siempre saca

lo mejor de los seres infelices.

 

¿Recuerdas cuando te ibas al trabajo,

intentando no hacer ruido para no despertarnos

(la carne más que despierta),

silencioso y hambriento

como un animal atontado?

 

¿Recuerdas las comidas que te hacía?

Pues él también me hizo unas cuantas…

 

Durante esos días disfruté de una tranquilidad azul y sosegada,

de la tos que provoca el tabaco y del alcohol de tercera,

de platos fríos que maromos con casco

traían pasada ya la medianoche.

 

Durante aquellos días Salamanca era una fiesta,

la plaza de los Dominicos se llenaba de campanas y abejorros

y un lecho de plásticos y papeles invitaba a la alegría.

 

Recuerdo que por aquel entonces

tú trabajabas en un restaurante caro;

solo hablabas de los menús degustación,

del maridaje de los vinos,

de los helados más repugnantes

y la delicada cristalería

que ya contaba con varias bajas entre sus filas

a causa del grosor y la torpeza de tus dedos.

 

¿Recuerdas que solo había pasado

un verano desde que lo dejáramos?

¿Que Iván era un parche en el abismo?

¿Recuerdas que nos queríamos como la carne y la bala?,

¿como el vértigo y el salto?,

¿como la enfermedad y la jeringa?

 

Recuerdo lo maricón que me pareció

cuando entró por tu puerta:

las ojeras, el temblor del cigarro,

esa hiperactividad tan propia del cansancio

y el lino, como un lienzo desnudo,

que vestía sus piernas de chapero romano

y ese culo que haría temblar de rabia a Venus.

Llevaba 48 horas sin dormir,

había bebido en los antros más impuros de la ciudad,

aunque siempre con clase,

el inmortal veneno del exceso,

como un dios humano que muere a cada día.

Tenía una seriedad impropia y alegre,

habitual en los que no están en paz consigo mismos

y una sed embriagadora de novedades

con cierto aire lírico por lo existencial y lo inmanente.

 

Casi no recuerdo nada de aquellos días,

solo que descuidé las letras y el oficio

y me dediqué a cultivar los celos,

los placeres de la carne,

lo que los libros me habían prohibido;

me dediqué a acostarme con la primera luz del día

envuelto en caricias y besos robados.

 

Recuerdo que él tenía un hermano:

una criatura de extraña delicadeza,

con ojos de reptil y piel como la mía.

Si durante esos días quise a alguien

fue a ese ser huidizo que me alegraba la vida

y a veces me despertaba una rabia amorosa

que, tras consultar, la academia conviene en llamar ternura.

 

Supongo que titular esto Situación violenta

es, como poco, quedarse corto…

Momento kairós, espasmo del tiempo.

Una trampa acolchada

con cierta comodidad en la herida:

un sueño largo de 22 días

(que es el período, más un día,

en el que todo humano

se acostumbra a las cosas).

 

 

 

 

El gol

Desde el primer momento Rusia me dio miedo. No por el acontecimiento en sí, ni porque las portadas de toda la prensa europea podrían llenarse de fotos con nuestras caras mientras Putin exigía silencio ante el escándalo. Mi miedo tenía un nombre: Sergei. Mi miedo era una portería y un chaval de piernas curvadas y ojos agresivos, azules. Un gol como venganza.

 

A cada regate me venía un recuerdo. Cada patada que le daba al balón era como si me la propinase a mí mismo en el estómago. Las gradas enmudecían. Yo esquivaba las cuatro sombras de los centrocampistas del equipo rival. El equipo enemigo. El equipo que capitaneaba un amigo que se había convertido en mucho más que eso. Cuando la mole de Chornyi se me echó encima, recordé la primera vez que vi desnudo a Sergei en el vestuario. Estábamos en Viena, aún no nos habíamos enfrentado. Por entonces desviábamos nuestras miradas del cuerpo del otro. Esquivábamos lo inevitable, hacíamos caños con los ojos. Nunca supe lo que le pasó a Chornyi pero no logró alcanzarme. Uno de los defensas, Bloj, intentó un derrape que fui capaz de esquivar con medio salto y un cambio brusco a la izquierda. De pronto recordé la primera conversación en inglés, y la sed callada de los gélidos ojos del portero. El recuerdo de la noche en el hotel se me echó encima y el flexo de la cama apareció multiplicado en los cegadores focos del estadio. Por fin estaba ante él, ambos sudados, como entonces. Sus piernas flexionadas, alerta. Los guantes preparados para capturar mi rabia. El aliento contenido de las más de cuarenta y tres mil personas del estadio hizo que se me acelerara el pulso. El sudor me nubló los ojos. Desnudé a Sergei mentalmente. Entonces lo supe: aquel gol no llegaría nunca. Me vino a la mente la pálida cara de Marija Vasilevna, la madre de Sergei. Lancé con toda la furia que fui capaz. El balón pasó por encima del larguero. Vi cómo se empañaban los ojos inventados de Marija en los, repentinamente, derretidos ojos de Sergei. Había decidido poner punto y final a mi carrera. Los insultos de la afición caían como una fina lluvia que me consolaba. Me había vengado. Al fin era libre.

Carlos

 

Lo primero que aprendí fue a dejar de usar las manos. Las mismas que durante años se dedicaron a colorear princesas en cuadernos recubiertos de purpurina, las que mamá adiestró para montar las claras a punto de nieve, las que la abuela azotaba con fiereza al no conseguir enhebrar una aguja. Lo primero que aprendí fue a dejar de usar mi nombre, mi verdadero nombre. El único que sabía que me llamaba Carlos era el abuelo, decían que estaba senil, que se confundía con su hermano. A mi padre se le ponían los puños azules y la cara grana cada vez que a su hija Isabel la llamaban Carlos. Yo obedecía a Isabel como cuando me mandaban a preparar bizcochos o hacer punto de cruz. Isabel era una sombra que aparecía al salir a la calle. Carlos soñaba con césped y vestuarios. Carlos sentía cómo le hormigueaba y se le encogía una parte desconocida del cuerpo, entre las piernas, cada vez que el estadio rugía desde la pantalla del salón. Hasta el 24 de julio de 1989 Carlos nunca se había atrevido a salir de mi cuarto.

 

Guardé las tijeras y la trenza en una caja de zapatos. Curro, que era un amigo del colegio con el que jugábamos a escondidas, me había prestado su réplica del equipamiento del Barça. El balón llevaba tiempo escondido en un viejo cesto del cuarto de la lavadora. Me había costado seis pagas y un atraco al bolso de mi madre. Entré en el salón dando unos perfectos toques con el empeine izquierdo. Mi padre, enfundado en unos calzoncillos a cuadros, se quedó rígido. Sentí como hervía la San Miguel helada que tenía en la mano. Mi madre soltó un chillido que le estremeció los rulos al ver mi pelo cortado a trasquilones. Al oír los gritos mi abuelo salió del cuarto y comenzó a gritar: “¡Eso es, muchacho! ¡Así se hace, Carlos, hijo! ¡Métesela por la escuadra al hijo de puta ese!”.

 

El abuelo se llevó una tunda de guantazos que lo tuvo postrado en cama varios días. Yo no fui al colegio el resto de la semana, el puño de mi padre, frío de cerveza, me dejó un cardenal que me recordaba los colores de nuestro único vínculo. Hasta que Diego, el profe de educación física, no vino a casa, yo no me atrevía a salir del cuarto, no me atrevía a quitarme la ropa que me había prestado Curro, no me atrevía a romper el abrazo del balón. Solo repetía como un mantra mi nuevo nombre. Diego consiguió que mis padres me dieran permiso para apuntarme en el equipo de fútbol del colegio. Y me llevó a su casa para que su mujer, que era peluquera, me arreglase el estropicio que encubría una gorra. Semanas más tarde, después de que los chicos del colegio estallaran en carcajadas al verme medio calvo y con una camiseta que me quedaba grande, Diego me regaló una de mi talla con la inscripción de Carlos en la espalda. Era el número cinco. “Póntela cuando llegue el día” me dijo.

 

Hoy es cinco de mayo. Hoy me han admitido en un equipo zaragozano de tercera. Masculino. Han dicho que no puede figurar Carlos Custodio hasta que no pasen dos años del tratamiento hormonal. Firmaré como Isabel Custodio. Lo he decidido. He echado en la bolsa del entrenamiento la camiseta que me regaló Diego. Diminuta.

A solas

 

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Tú me enseñaste a vagar por la ciudad a solas,
a temblar de miedo.
Tú me enseñaste a beber a solas,
a descubrir el consuelo en la destrucción del tiempo.
Tú me enseñaste a sentir el palpitar de los ríos helados bajo tu piel dormida.
Tú me enseñaste a buscar el placer a solas,
a imaginar tus manos en mi tortura.
Tú me enseñaste a sobrevivir a solas,
a encontrar peces de hambre en la oscuridad de tus pupilas.
Tú me enseñaste a olvidar lo que desgastan las olas,
lo que los años no perdonan,
lo que ninguna cárcel ha logrado…
Tú me enseñaste a estar contigo
a solas.

Tutopía

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Estás en ese raro sabor a estaño,

en la descomposición del alimento,

en el tabaco que sabe a paladar mordido.

Estás en la piel hecha jirones de mis labios,

en las escamas de mis palabras vacías,

estás en las fotos desnudas,

en la penumbra de la intimidad arrebatada,

en la no vida que albergó mi entrepierna,

en el asfalto,

en el charco,

en la piedra,

en el bolsillo,

en la memoria,

en la llave.

 

Estás en la luz en movimiento.

La entrevista

#historiasdesuperación

 

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Cuando Marta asimiló las palabras que aquel médico, prematuramente envejecido, había soltado de su torcida boca en cuyas comisuras temblaban, blancas y espumosas, dos boqueras que llevaban produciéndole arcadas desde hacía más de veinte minutos, no se le ocurrió otra cosa mejor que hacer que ponerse de pie, coger la gabardina roja del perchero y con un amable “Ya le llamaré un día de estos” abandonar la claustrofóbica sala del hospital ante la atónita mirada del médico. Salió a la calle helada, cayó en la cuenta de que se había dejado la bufanda arriba, y mientras se tapaba el escote con una de las solapas de la gabardina intentaba, en vano, ahuyentar aquellas imágenes que le galopaban por la mente: ella no sería una amazona.

 

Antes de que le diera tiempo a introducir la llave en la ranura, su madre le abrió la puerta. Doña Rosa era una señora de curvas generosas e ideas claras que vivía en el respetable barrio de Los Remedios con la menor de sus hijas, que acababa de licenciarse en Ciencias Políticas. Doña Rosa reprimió el chillido solo porque le importaba más lo que podrían decir sus vecinos que el aspecto que traía sus hija. La lisa y roja melena, algo despeinada, caía tapándole media cara, mientras en la otra media los rastros del corrido rímel evidenciaban un llanto mal disimulado. El enorme bolso negro colgaba de una sola asa del brazo izquierdo mientras con el derecho buscaba algo en su interior. El cinturón de la gabardina colgaba rozando el suelo y, a un lado del felpudo estaban los vertiginosos y negros zapatos de tacón. Rosa echó un vistazo al desolado rellano antes de meter de un tirón a su hija en la casa. Los zapatos se quedaron firmes y altivos junto al manchado felpudo.

 

Marta no estaba para entrevistas pero pensó que era mejor ir que seguir inventándose peleas con Marcos que su madre, a todas luces, no acababa de creerse. Se metió en el baño. Su madre dio comienzo a la paranoia de las manzanillas y los mentas poleo. Marta se quitó con nervio la blusa de seda gris y el sujetador de encaje, se sacó como pudo del apretado vaquero su iPhone dorado y se apuntó con él en el espejo, intentando enfocar el pecho izquierdo. Le temblaban las manos, las lágrimas ennegrecidas por el rímel le recorrían el cuello. Disparó una ráfaga con la mano temblorosa. Le vinieron a la mente aquellas fotos que los victorianos les hacían a los muertos.

 

La entrevista era a primera hora de la tarde. Un señor obeso, de espeso mostacho, embutido en un ordinario traje azul de paño barato le recorrió con sus ojos ahumados –de forma ascendente– el cuerpo. Se paró en el escote. “Me puedo sentar o prefiere que me dé una vuelta?” Marta no estaba para escrutinios, si perdía el empleo le daba igual, como si esa fuese la mayor pérdida que le había deparado el día, pensó. Fue contestando de forma automática a las preguntas, la mayoría con monosílabos, otras enarcando las cejas o frunciendo los labios. Aquel tipo no paraba de repasarle la clavícula y el canalillo; tocía, se relamía, se frotaba las manos contra las rodillas, miraba con ojillos brillantes la vacía taza de café que debía llevar sobre aquella mesa como mínimo seis horas.

 

A esas altura a Marta ya le comenzaba a dar igual. Recordó cómo de adolescente primero se reían de ella por el generoso tamaño de sus pechos ocultos por las rebecas que no se quitaba ni en agosto. Luego vinieron los ligues, las envidias por parte de las que consideraba sus mejores amigas, el orgullo como respuesta a la rivalidad que enseguida comenzó a malinterpretarse. Recordó con rabia la necesidad de tener que demostrar dos veces sus conocimientos ante el bochornoso efecto que su belleza producía en compañeros y docentes. El recuerdo del primer polvo la asaltó como una punzada; no fue del todo desagradable, en los vestuarios con aquel profesor, algo mayor para ella, de educación física. En el lugar del rostro obeso del entrevistador se le apareció la cara angulosa de aquel hombre al que ya comenzaban a salirle canas, excesivamente alto y de exagerada musculatura, recostado sobre ella en los bancos de vestuario, haciéndole círculos sobre la aureola del pecho izquierdo con un dedo húmedo de lo que al principio ella creyó saliva y luego supo lágrimas. Pensó en las manos de Marcos apretándola con fuerza, en los sujetadores con relleno, en las amazonas tensando el arco y la cara del gordo –que había reaparecido entre las brumas del primer amor– como diana.

 

Pensó en los hijos a los que negaría la mitad del alimento… ¿Pero qué hijos? ¿En qué estaba pensando? ¿Qué gilipollez era esa? A tomar por culo el gordo, la entrevista, la frustración de Marcos, su madres y los hijos. Siempre le quedaría el otro pecho como modelo y la cirugía estética como último recurso.