La quietud agitada

 

rothko

 

A Salvador J-D.

 

 

Tenías esa luz que alivia

concedida solo a los dioses,

algo de casa deshabitada, de memoria.

Tu sonrisa sacudía los cristales.

Tu trazo discreto escondido en la cuadrícula

dejaba un temblor en la palabra,

un cruce de alegría infantil y de desastre

llenaba cada cosa que tocabas.

 

Yo me salvé escribiéndote estos versos,

quietud callada, agitada:

letra e imagen.

Autorretrato

20161103_153740

 

He intentado -qué asco- ser Machado, incluso Bradomín,

Ángel Llacer, Pushkin, Plutarco,

Krito, un Jaime mal amado,

Galiano – rápidamente me he arrepentido-,

una especie de pública elegante y cara,

un fósil con megáfono,

una cuartilla de sudoku,

un esclavo emergente de Miguel Ángel,

un desvirgamusas afeminado,

un sacerdote de tu mandamiento,

un desengaño de la infancia frente a mi abuelo,

un cuerpo terriblemente enganchado

a la dificultad de la belleza fácil.

 

He intentado crearme para tu mundo paralelo,

para que todo fuese misterioso y falso como un banco,

pero no entiendo de economías de promiscuidad, lo siento.

 

He intentado que los gigantes que he amado

no se convirtieran en molinos – básicamente para que no los atacaras-,

y que la luna fuese un limón en un nocturno cubata intragable,

y la tristeza una lágrima a punto – porque el amor llegaba-

pero tú no estabas para compartirla.

 

He intentado ahogar mis tristes noches

en los aún más tristes cuerpos de hombres destruidos.

He inventado esta forma de insultar que llaman poesía

y he hecho una colección – llamémoslo poemario-

de insultos estéticos para casi todos.

 

He sido una voz manchada de placer prohibido,

he sido el que compró la franquicia a dios para semejante pecado.

He sido el San Juan celoso que mató a Judas por vender a mi amante.

He sido eso que llaman in-feliz con plumas

y para mi, realmente, un extraño.

Los uranistas del Deux Magots (2011)

Cicatrices

14732168_10157622726515261_980130264756643757_n

A Elisa Beltrán

Las cicatrices, pues, son  las costuras
de la memoria

Piedad Bonnette

 

Acabo de lamer tus cicatrices

de pan fermentado en la tierra,

de surco fugaz en lo divino:

sombra de furia,

cosecha amarga.

 

Te has dejado ver como hombre sin manos

-musa lejana fuera de tu templo,

diosa pagana fecundada de heridas,

nido de sombras,

paja pisada por los niños-

que rebusca en mis escombros.

 

Acabo de poner nombre a tus sabores,

a tus manos cuarteadas como barro,

y del ámbar apagado de tu mirada oscura

veo brotar lo que aún sueña el tiempo.

 

Me hundo en tu abismo insomne

de piel y de color y de rechazo.

Todo tu mundo me grita desde la tela herida

como un mar de luz

-Dios silente, destruido-

de lo cotidiano.

 

 

Cuestiones geográficas…

   A J.L.arthur_rimbaud_g

 

 

Surgió una extraña simbiosis de anarquías

como entre dos niños con ganas de matarse.

Tú me recordabas al Rimbaud adolescente de aquella foto,

yo me sentía un milagro, gordo y alcoholizado, en tus manos.

 

Todo fue mordiscos, uñas, pelos, labios…

abrazos que se agotaban al primer contacto,

recuerdos de cristales rotos en las barras,

cortes de focos, luz azul, saliva en la cara.

 

Lo último que recuerdo de ti es una seriedad impropia,

algo que vagamente me recordó el consuelo de un amante…

De ti recuerdo que me incitabas a las lágrimas

y te burlabas de que llorase sin haber bebido,

cabrón y orgulloso como una madre.

 

Ahora creo en las alegrías que preceden a los finales,

creo en tu voz descarada rompiendo la geografía de los sueños

y en los teléfonos que anulan la tristeza

y en la risa nerviosa de los cobardes.

 

Ahora más que nunca amo lo imposible

por su condición de infinitud, de antídoto y de viaje.

Como un loco con un cuchillo en la mano…

geceye-filmlerden-bir-kare-birak_1161252

(Sobre unos versos de Arseni Tarkovsky)

Como un loco con un cuchillo en la mano

ante el libro de tu memoria te contemplo.

Las voces salen del azul alcohol de esta historia,

sobre los vientos que arrasan las ciudades.

 

Como un loco con un cuchillo en la mano

buscas mi rostro en tus manos astilladas,

como un loco corres por las alamedas del olvido,

lloras sobre la piedra escamada del fracaso.

 

Como dos locos con un cuchillo en la mano

apuñalamos el espejo donde nos hicimos.

Narciso y Calibán, Caín y Abel, Hallward y Grey

se ahogan en el charco de plata triangular de nuestro invento.